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«Agenda 2030» por Manuel Perezcarro Martín

Los diecisiete objetivos de desarrollo sostenible que propicia la denominada Agenda 2030 son algo que, sin duda alguna, todos firmaríamos. Son como los Diez Mandamientos, salvando las distancias, adaptados al siglo XXI y de los que me voy a permitir transcribir sus enunciados:

Fin de la pobreza. Hambre cero. Salud y bienestar. Educación de calidad. Igualdad de género. Agua limpia y saneamiento. Energía asequible y no contaminante. Trabajo decente y crecimiento económico. Industria, innovación e infraestructuras. Reducción de las desigualdades. Ciudades y comunidades sostenibles. Producción y consumo responsables. Acción por el clima. Vida submarina. Vida de ecosistemas terrestres. Paz, justicia e instituciones sólidas. Alianzas para lograr estos objetivos.

Hasta ahí, todo muy bien, pero en cuanto empiezan a desarrollarse los enunciados, las cosas se van complicando y, entre políticos y burócratas, con desconocimiento, en muchos casos, de la realidad que les rodea y con el poder añadido que les brinda el Boletín Oficial, ya sea el nuestro o el de la Unión Europea, establecen normas y objetivos de difícil o imposible cumplimiento y con un coste inasumible.

El ciudadano de buena fe va asumiendo que estos nuevos mandamientos hay que respetarlos, aunque conlleven necesariamente un cierto sacrificio. Pero, por si acaso, se emplea el palo y la zanahoria. Si haces lo que te digo, te premio con una subvención, de lo contrario, te castigo con una multa, y así nos van metiendo a todos por el tubo, queramos o no. Pero todo tiene un límite que se manifiesta cuando se pone en peligro la propia subsistencia y el bienestar.

Eso es lo que está ocurriendo con las protestas de los agricultores, pero no tardando mucho, se manifestarán otros sectores y luego la propia ciudadanía, cansada de que se le esté diciendo permanentemente lo que está bien y lo que está mal, respondiendo muchas veces a eslóganes ideologizados.

Por lo que respecta al transporte, me voy a referir al objetivo energía asequible y no contaminante, que se traduce en garantizar el acceso a energía asequible, segura, sostenible y moderna, y velar por la transición energética (sic).

Los objetivos actuales europeos en materia de energía para 2030 incluyen un 55 % de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero respecto a 1990.

Sin embargo, parece que esto va a estar lejos de cumplirse, porque se está apostando exclusivamente por la electrificación, concediendo incentivos para la renovación del parque con este tipo de vehículos que son mucho más caros y cuya tecnología no puede aplicarse al transporte pesado de larga distancia porque no está lo suficientemente madura para este uso y por que se carece de una red de recarga suficiente que lo haga viable, entre otras cosas. Esta política sería la de la zanahoria. El palo lo están preparando, pretendiendo igualar los impuestos del gasóleo a los de la gasolina o suprimir la devolución del gasóleo profesional.

Mientras tanto, el parque de vehículos en España se está envejeciendo de manera acelerada.

Según los datos ofrecidos por la asociación de ITV AECA, los camiones son los que más han envejecido: su antigüedad ha aumentado un 17% en los últimos 6 años, pasando de una media de 14,2 años en el 2017 a 17,2 años en el 2022.

Y me pregunto ¿no se reducirían más rápido las emisiones de CO2 y se cumpliría con los objetivos marcados para 2030 si en lugar de promover exclusivamente el camión eléctrico, que es tres veces más caro y con muchas limitaciones, se centraran nuestros dirigentes en un plan ayudas para renovar el parque con vehículos diésel nuevos cuyas emisiones son mucho menores que la de vehículos con más de quince años?

Ahí lo dejo.

Manuel Perezcarro Martín | Secretario General FROET
Artículo publicado en el número 296 de la Revista FROET En Ruta

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